jueves, 16 de octubre de 2014

En una época de la prehistoria, existía un monstruo de dos rostros que habitaba errante de caverna en caverna. La mitad de su rostro era un ángel color canela, con ojos de miel, labios suaves y una sonrisa libre. La otra mitad era un demonio color ceniza, con ojos de odio, labios fruncidos y dientes apretados. El ángel cantaba hermosas melodías y su mirada brillaba transparente cada vez que su voz tierna pronunciaba alguna palabra. El demonio susurraba odio y bajaba la mirada como si se escondiera tras alguna máscara. Este ser hecho de fuego, había sido condenado desde el momento de su natalidad. Lo ataban cadenas ancestrales y su corazón había sido raptado por el zarpazo feroz del engaño. Desde entonces, se le había privado de hablar con sinceridad y la verdad era imperceptible ante sí.

Llego el día en que raptó un alma feliz. Como no podía saber quién era en realidad este ser bello que apareció ante los ojos del ángel, ni cómo había logrado el demonio esconder su rostro para lograr tal conquista, decidió encerrar el aliento de serenidad y bondad de su presa en una celda que ardía en llamas. De esta manera, el alma feliz no podría volver a sonreír y siempre le pertenecería. Y cada noche hacía un conjuro de mentiras para someter su voluntad, las cuales disfrazaba de falsas ilusiones. Era una tortura continua. El monstruo jugaba con la mente del alma feliz haciéndole creer que se cumplirían sus sueños, retando su paciencia, inventando códigos secretos, influenciando sus recuerdos, reprimiendo sus emociones, acallando su voz, ridiculizando su ternura, indagando su pasado, manipulando sus afectos e inventando pretextos. A la vez que convencía al alma feliz de que le entregara su alegría, renunciara a su belleza y vulgarizara su deseo. Como parte de poder dominar la plenitud con que esta alma vivía su libertad, el gozo de su cuerpo, la espontaneidad de su palabra, la convicción en sus verdades, su esperanza, su pureza y todos los logros que había construido hasta antes de ser raptada ante los ojos del monstruo de las cavernas.

Al principio era el ángel quien le hablaba, solo con música la acariciaba, el roce de sus manos era como un viento tierno y suave incapaz de lastimarla, su voz mágica despertaba en el alma feliz la certeza de todos sus sueños cumplidos. Con el tiempo, tales melodías devinieron artilugios para someterla una y otra vez. Sus manos lastimaban su piel, sus palabras la humillaban y de los cabellos la arrastraba a disposición de su placer, rasgando uno a uno los destellos de su luz. Luz que robaba para iluminar las oscuras tinieblas de sus guaridas, a costa de la tristeza de la cual alimentaba a esta alma en encierro. Manteniéndola viva gracias a engaños sistemáticos, premeditados, diseñados a modo de coreografía, ensayados como un perfecto guión puesto en escena. Gracias a su habilidad para usarla a su antojo y complacencia. Sin comprender nunca quién era este ser que Dios había puesto ante sí. Incapaz de descubrir el encanto del destino que dio luz al ángel que lo habita, conformándose con el demonio, esclavo de su cobardía. Matando incluso sus ojos de miel, renunciando a su sonrisa libre. Conformándose con el gesto retorcido de quien no distingue con claridad la sabia diferencia entre el bien y el mal, de quien no conoce la humilde interrogante que nos abre las puertas de la verdad.

Los años pasaban y los restos del alma feliz ardían mutilados por la ferocidad del calvario en el que se encontraba atrapada. Corrompida y extrañada de sí, tampoco podía distinguir más la sinceridad ni los buenos sentimientos que la habían constituido antes de caer en este engaño. Y le rogaba una y otra vez al demonio que la había condenado junto con él: "por favor, por favor... no me lastimes más"... suplicaba "por favor, por favor...sé honesto conmigo"... "por favor...no destruyas más mi bondad y mi serenidad". Pero sordo y arrogante, con displicencia e indiferencia, él solo miraba el reloj. Pues gracias al control que tenía sobre el tiempo es que lograba mantener vivo el fuego que cercenaba el bello regalo de vida que le fue entregado con total gratuidad. Una bendición que, como todas las bondades, había llegado a sus manos simplemente por la gracia de la generosidad, con el designio del amor verdadero, con la sorpresa de la felicidad.

Una noche de luna llena, un terremoto cimbró la tierra hasta sus cimientos. El fuego se apagó por completo. Lluvia y viento enfurecidos liberaron las cenizas del alma bella. Y de ellas renació un ángel esplendoroso y vigoroso que solo quería alejarse de su presencia. El monstruo gritaba "¡NO!" "¿Por qué me haces esto?... "Yo fui bueno contigo, te mantuve con vida." "Yo solo quería estar seguro de que en verdad eras un alma feliz." "Yo solo estaba disipando mis dudas sobre ti." "Yo quise conservarte." "Trataba de entenderte." "¿Quién eres tú... dime... quién eres tu?"

- "Yo... yo soy tu alma feliz... solo debías entregarte... alegrarte... llenarte de valor para dejar que venciera el ángel... renunciar al monstruo... salir de las tinieblas... Yo soy tú. Soy el alma que nació para regalarte el arte del buen amor, la felicidad, la llave de tus sueños cumplidos. Yo era para ti. Pero tú me dejaste arder en el infierno porque solo te aprovechaste del reflejo de mi luz, sin saber que no se puede brillar ni descubrir la verdad cuando te niegas a amar sin miedo, con sinceridad y serenidad. Nunca descubriste mi rostro, porque nunca estuviste dispuesto a renunciar al tuyo. Es como si no nos hubiéramos encontrado, como si yo no hubiera existido, por eso me volví cenizas... olvidaste detenerte y mirarme con el corazón. Olvidaste ver dentro de ti. Y el demonio devoró todo lo que guardabas dentro tuyo, convenciéndote de que el ángel que nació para ti lleva el designio de la condena y no la dulzura de tu miel. Las respuestas de nuestra libertad siempre estuvieron en ti. Pero tú preferiste hacerme tu esclava. Y un alma feliz no puede vivir torturada bajo el ritmo de un reloj. Si tan solo pudieras escucharme...habrías descifrado nuestra verdad."

Así... se desvaneció el demonio de la condena, murió el monstruo y renacieron dos ángeles que quizá no vuelvan a encontrarse. Uno recuperó su alma feliz y su vida le fue devuelta entera... el otro duerme sin alma arrullado por sus falsas promesas pues no encuentra el valor dentro de sí para cumplirlas, teme vivir sus sueños cumplidos, se aferra a las certezas de aquel monstruo que un día fue, se niega a renunciar a la condena de su natalidad y prefiere vivir bajo la sombra del zarpazo del engaño. Por eso dejó ir de sí a su alma feliz. Por eso dejó morir dentro sí su amor.



Y tú... ¿eres ángel dormido o habitas la vida de tu alma feliz?






Felices sueños cumplidos
queridas tortugas.
No olviden conservar su alma feliz.
No sacrifiquen a su verdadero amor.
Encuentren siempre el valor 
para vivir las bendiciones de su destino.
Para cada uno de nuestros caparazones
existe el corazón que nos corresponde.
Dejen que su ángel triunfe sobre su demonio.
Permitan que la luz de la verdad 
nazca dentro suyo.
Iluminen sus caminos 
con el aliento de la bondad y la serenidad
... 
ése que nace de la entrega compartida.



jueves, 9 de octubre de 2014

fragmentos... de corazón.

La tristeza tiene muchas formas. El dolor profundo. La compulsión. El desánimo. La desesperanza. La impaciencia. La impavidez. El enojo. La rabia. La soledad. La multitud. La evasión. La manía. El silencio. La culpa. La debilidad. El enojo. El rencor. La venganza. La malicia. El olvido. El recuerdo. La reiteración. La ansiedad. Las lágrimas. El grito. La nostalgia. La melancolía. La muerte. El fracaso. La agresión. La pérdida. La venganza. La malicia. La mentira. La verdad. El pasado. El presente. El futuro. La incertidumbre. La certeza. La decepción. El desamor. La injusticia. La indiferencia. La indignación. La dependencia. La codependencia. La frustración. La amargura. La apatía. El delirio. La locura. La desesperación. La adicción. La pereza. La obsesión. El maltrato. La ofensa. El desaire. El abuso. La desconfianza. La paranoia. La incomprensión. La intolerancia. El aislamiento. La compañía. El estruendo. El disimulo. La renuncia. La traición. La calma. La tormenta. La fuerza. La serenidad. El desenfreno. La apatía. La indignación. La resignación. El desamparo. El cansancio. El agotamiento. El abandono. La envidia. La hipocresía. El chantaje. La soberbia. El egoísmo. Lo inesperado. La credulidad. El apaciguamiento. El cuerpo asintomático. El cuerpo somático. El debilitamiento. El endurecimiento. El reproche. El resentimiento. La duda. La deuda. La carencia. El exceso. La autoreflexión. La inconsciencia. La palabra. La hiperactividad. La banalidad. La seriedad. Todas formas de sentir que estamos atrapados, de vivirnos sin opciones, de comunicarnos sin escucha.

Todos conocemos el sentimiento de la tristeza. Es parte tanto de la vida como de nuestras alegrías. Y cada quien conoce sus propias dosis de cuidado y alivio para superarlas, sobrellevarlas, sanarlas y dejarlas ir. Cada quien conoce las formas de pegar las partes de su alma que se separan dando lugar a un resquicio de tristeza en nuestro corazón, una lágrima en nuestro rostro y una fractura en nuestro sentido de la vida.

Cuando estamos tristes, la unidad de nuestro ser se fragmenta. Se disocia. Estamos partidos. Nos sentimos rotos. Desarticulados en nuestro modo de existir. Los equilibrios en nuestro cuerpo se descomponen. La estabilidad en nuestro ánimo se desintoniza. La química de nuestro cerebro se altera. Nuestras hormonas se vuelven erráticas. Y nuestro carácter pierde dominio sobre sí. Son tiempos de sanar, restaurar, detenerse, descansar, fortalecer el alma y el cuerpo, acomodarse al tiempo y disfrutar poco a poco la vuelta del buen ánimo. Es tiempo de cuidar un poco de nosotros mismos y valorar cada destello de sol que nos acompaña en el camino. Revalorar nuestro andar y resignificar nuestra valía. 

Recomponer el sentido fragmentado de nuestras alegrías implica también sufrir cambios y ver cambiar nuestros afectos. Como si todo alrededor cambiase de forma. Darle comprensión al nuevo orden que todavía desconocemos, cuyas partes aparecen como imposibles de conciliarse entre sí. Hay heridas que tardan mucho tiempo en cicatrizar, cicatrices que no logran desvanecerse y lamentos que, anquilosados, no logran nunca recomponerse en nuestro sentido de realidad. Hay, en cambio, sentires que no logran ni rozarnos y solo nos raptan por un instante, volviéndose sonrisa al unísono.

La sabiduría de la naturaleza en sus múltiples temporalidades, una vez hecho el esfuerzo de la cura, vuelve a fluir dentro nuestro como río caudaloso al que nada detiene, llevándose a su paso todo aquello que le impide lograr el destino que le corresponde. Por lo que, en tiempos de tormenta, es solo cuestión de no resistirse a la fuerza de lo inevitable y suavemente transitar bajo las adversidades. 

Y cuando un día de luna llena el sol brilla en todo su esplendor... recordamos cuán fácil es volver a acomodar todos los fragmentos de nuestro corazón bajo la forma de la esperanza, el buen amor, la comprensión, la magia, la fe, la entrega, la dicha, el perdón, la calma, la felicidad, el encanto del futuro, el gozo cotidiano, los proyectos cumplidos, la realización del trabajo diario, las metas por concluir, los caminos por descubrir, la completud en el presente, la reconciliación con el pasado, el ánimo, la paz, la gratitud, la generosidad, la amistad, el abrazo, el festejo, el respeto, la independencia, la libertad, la buena fortuna, el buen andar. Por eso, queridas tortugas... tiempo... denle tiempo a sus caparazones, sean pacientes con sus emociones y dejen que, sin esfuerzo, su vida se convierta en un río que con fuerza desemboca en el inmenso mar. Pues el verdadero trabajo, y esfuerzo, es aquel que no ofrece resistencias, que no impone exigencias, sino que las cumple sin más. Es el trabajo del día a día. Aquel que nadie percibe y todos cuestionan por falta de alarde. Es el esfuerzo silente y diligente que hace parecer sencillas, incluso, las tareas más arduas, aunque nadie lo comprenda ni lo pueda señalar con el dedo como logro. 

Acallen todas la voces de la tristeza en su interior, que vienen del eco de la incomprensión de quienes insisten en sojuzgar sus caparazones libres y gozosos. Censuren todas las voces de la arrogante incomprensión en su exterior, que vienen de la tristeza que los demás llevan dentro de sí. Pues vivimos épocas en que todos, desde sus caparazones partidos en fragmentos disonantes, nos imponen morales, juicios y consejos. Como si tuvieran pereza de mirar dentro suyo. Como si tuvieran miedo de ocuparse un poco más de valorarse a sí mismos por lo que verdaderamente son. Personas que creen que, porque han sabido cumplir con las exigencias que ellos mismos se han impuesto, tienen alguna autoridad sobre lo que ustedes viven dentro de sí, sobre su vida y sobre sus actos. Adornándose con la soberbia autocomplaciente de la que se alimenta la falsa autoestima. Personas que solo pueden justificarse a sí mismas con razones, aun cuando no puedan comprender las razones que tanto se esfuerzan por presumir.

La felicidad es un voto de humildad. Discreto en su expresión. Imperceptible en los afanes del reconocimiento social. Inaprensible en las palabras. Es un modo de sentir el tenue transcurrir del tiempo sin otro esfuerzo que la vida misma en su acontecer. Y su verdadero logro reside en la certeza que anida nuestro caparazón de tortuga. Una vez que ha dado forma a todos sus fragmentos. Ha forjado de sí una pieza sin roturas ni rendijas. Y se ha convertido en un alma entera que ni las tormentas pueden quebrar.


Y tú... ¿presumes tu felicidad?

 

Hermosa luna roja y de encanto...
felices presagios de otoño.



 

viernes, 3 de octubre de 2014

derechos humanos... abusos y responsabilidades para Peña Nieto

Es innegable el descontento que me despiertan las recientes noticias sobre el abuso de la fuerza pública por parte del Estado Mexicano. Las investigaciones en curso requieren dar respuesta pronta y expedita para rendir cuentas de tales actos, acompañadas de las medidas correspondientes y trabajar con mayor esfuerzo en que tales tipos de actos no se repitan y se constituyan, como se ha expresado, en situaciones de excepción. En los hechos y no solo en el imaginario discursivo del poder.

No es tarea sencilla. No por ello deben acallarse las voces inconformes que claman por justicia y por el respecto irrestricto de los derechos humanos y del estado de derecho. La gobernabilidad implica tener control sobre tales riesgos, por ello la responsabilidad es compartida y no basta con señalar a los prepretadores directos. Tampoco es suficiente la comprensión de tales violencias dados otros factores de la criminalidad operante y vigente. 

La visibilización de tales actos, sin censura, es una fortaleza no solo para la sociedad civil sino para las instituciones gubernamentales que procuran fines contrarios a tales abusos. No se puede ser débil, ni ambiguo frente a estos hechos. Mucho menos complacientes con nuestras autoridades. Esperamos un rigor impecable. En donde la Comisión Nacional de Derechos Humanos no puede quedarse atrás, ni satisfacerse con la aceptación de las recomendaciones por parte del Gobierno Federal, ni con la relativa disminución de quejas recibidas. 

La disminución en el número de quejas que la CNDH recibe no implica una mejora significativa, es un indicador relativo y sesgado por el hecho de que lo que mide el número de violaciones ejecutadas no es la probabilidad de que se haga una queja respectiva por cada una de ellas, sino el acontecer mismo de tales hechos. Así como, una queja puede remitir a más de una violación y puede llamar la vista sobre situaciones estructurales que no cuentan como una violación aislada, sino como un conjunto de violaciones e incluyen a más de una víctima, incluso, a grupos poblaciones amplios. El número de quejas tampoco revela la gravedad de la situación que se denuncia. Sí es un parámetro estadístico importante, pero no una cifra dura. Por otra parte, temas invisibilizados, como lo siguen siendo las violaciones a los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales, pueden tener una baja incidencia en el número de quejas y ser un problema mayor que temas con mayor visibilización ante la CNDH como lo puede ser el uso de la fuerza pública o el acceso a la justicia.

En cuanto a la aceptación de las recomendaciones, si bien, sí es un acto de buena fe que da cuenta de una política de Estado comprometida con el ejercicio de los derechos humanos, no es un indicador del cumplimiento de tales recomendaciones, del impacto de tal cumplimiento, como tampoco del rigor con que tales documentos fueron emitidos, en cuanto al nivel de exigencia en las medidas de reparación del daño y en las garantías de no repetición. Es solo el primer paso. El piso mínimo de un diálogo virtuoso entre la CNDH y el Gobierno Federal. 

Por lo que nos enfrentamos ante un trabajo arduo en el cual no caben simulaciones. Confiamos en que el nuevo Ombudsman podrá dar una mejor cara para tales propósitos. Refrendamos nuestro espíritu de esperanza y conciliación para erradicar de nuestros ámbitos de convivencia social las violaciones a los derechos humanos. Es tiempo de medidas que remuevan, desde sus cimientos, la impunidad de que gozan las violaciones de derechos humanos en nuestro país.



Y tú... ¿renuncias a la impunidad?


Feliz fin de semana, tortugas defensoras.


salario mínimo...segundo informe...¿prosperidad?

Acabo de escuchar al gobernador del Banco de México y me asombra la indiferente negligencia de sus comentarios al respecto del salario mínimo. Menciona dos grandes falacias, por un lado, que no se puede elevar el salario mínimo porque implica irremediablemente un alza en la inflación, por otro lado, que inhibirá mayores contrataciones ya que los empresarios verán mermados sus ingresos si el costo de los salarios es más alto del que están dispuestos a pagar.

El salario mínimo es una medida correctiva del Estado para garantizar el poder adquisitivo de las y los ciudadanos, de tal modo que se reduzcan los riesgos de empobrecimiento de las poblaciones totales y se mantenga el mercado en un equilibrio adecuado para la administración de los recursos.

...Ya pasaron algunos días, entre otras noticias, estamos en la semana del segundo informe de gobierno del Presidente Enrique Peña Nieto, el anuncio de un nuevo aeropuerto y una nueva etapa de lo que fuera Progresa, Oportunidades y ahora PROSPERA. Así que hay mucho sobre lo cual formar una visión de conjunto y valorar el, confío, rumbo atinado para el futuro de México. 

Para una persona como yo. Quien votó con plena convicción en 2006 por Andrés Manuel López Obrador y sucumbió moralmente ante el presunto fraude, porque lo cierto es que, a muchos de nuestros corazones, el fallo del Tribunal Federal Electoral no nos brindó más certezas, por el contrario, nos nutrió de más opacidades. Reiteré mi preferencia electoral en 2012, convencida de que era un momento crucial, elegíamos mucho más que un nuevo presidente, elegíamos un nuevo proyecto que sería determinante para fincar los cimientos de los años por venir, un punto crítico. A partir del cual no habría retorno. Así como, para el, llamado por Enrique Krauze, "mesías tropical" no habría tampoco una tercera oportunidad. Dada la envergadura de los procesos en marcha. 

Lo cierto es que aquel momento preciado que estuvimos a punto de vivir en 2006 fue destronado por completo de nuestros ideales. Una vez que el consenso, no solo de las élites, sino de una gran parte de la población, mostrara tal aversión reactiva, e incluso regresiva, que nos arrojó al desbarrancamiento de Felipe Calderón Hinojosa. Quien ahora, fresco como lechuga, y cual si hubiera vivido alguna forma de lobotomía, se niega de sí mismo y de su siniestra guerra que tan altos costos nos dejó. 

En mi fuero interno me sigo interrogando ¿quién fue realmente el peligro para México? Y mi aversión a tal sexenio, tan fallido, no es una cuestión de colores ni de ideologías. Por ejemplo, en el 2000 voté, con cautela, lo admito, por Vicente Fox Quesada, en aras de sumarme al aliento renovado de sentirnos capaces de cambiar el rumbo de nuestras instituciones políticas, en un momento en que se encontraban enquilosadas y habían perdido legitimidad y credibilidad. Ambos sexenios, finalmente, no fueron perdidos, nutrieron de tales experiencias nuestra historia y, gracias a ello, nos permitieron abrir un nuevo espacio, fructífero, en el cual ahora anidan las virtudes políticas de nuestro Presidente. 

Yo estuve triste por México el día de las elecciones en el 2102, pero el primero de diciembre de aquel año se encendió en mí una gran sonrisa ("vi la historia pasar frente a mis ojos") y desde entonces guardo profundas esperanzas en que todo lo que ahora ocurre, más allá de las debilidades, los riesgos y nuestros temores, logre su cometido. Por lo cual me siento profundamente agradecida. Porque de ser así, todos resultaremos favorecidos y las futuras generaciones descubrirán nuevas formas de crecer, desconocidas aún para nosotros. Así que, en aras de contribuir a este esfuerzo, comparto con ustedes, queridas tortugas, las reflexiones que estos días me suscitan.

Y me enfocaré en tres temas: el proyecto del nuevo aeropuerto, PROSPERA y, para recapitular mi intención primera, el salario mínimo. Espero, con una visión crítica, poder poner sobre la mesa los riesgos y debilidades que a mí me preocupan. En medio de mi sorpresa entusiasta y obnubilada por mi fervor esperanzador que no a todos convence, pero del cual no me siento avergonzada en lo más mínimo, aun y cuando me distancia de cariños y amigos cercanos. 

Pues mi herencia de vida se traza no solo desde la izquierda, desde flancos duros del comunismo y pérdidas profundas en las filas de la guerrilla guatemalteca. Por lo que yo soy una hija de los sueños por un mundo socialmente más justo. Enriquecida en mi andar por la posibilidad de recuperar los sueños de las libertades individuales a este propósito y dejar atrás la falsa oposición entre los dos viejos paradigmas que aún nos condenan. E incluso nos amenazan, ahora que Putin ha decidido volver a poner sobre la mesa la carta del poder nuclear de Rusia para autosatisfacerse. Por lo cual, me parece de vital importancia delinear horizontes reconciliados, luchar por un mundo de paz, basado en instituciones, con plena convicción de que solo la ley hecha práctica de vida y la palabra dialogada lograrán abrir las puertas hacia un nuevo paradigma. Y que no hay problema de política pública que no tenga solución, a partir de todos los recursos que hoy tenemos disponibles... En medio del caos y la hostilidad que caracteriza nuestro tiempo, somos sumamente afortunados, tenemos en nuestras manos los caminos para enmendar todos nuestros errores y construir un mundo en el que todos podamos ser igualmente felices.

El proyecto del nuevo aeropuerto se me aparece como un gran elefante blanco. Conforme han pasado los días, me reconcilio con la idea de que es importante tener altas miras hacia el futuro y tomar decisiones hoy para engrandecer el mañana. Sin embargo, sigo sin sentirme del todo convencida. Cuáles fueron los criterios para determinar el lugar, el diseño, el presupuesto, etc. Cosas que siguen sin ser asequibles para la ciudadanía. Si bien, los detalles técnicos más pulcros no son, en ningún caso, nuestra responsabilidad, ya que son los funcionarios públicos quienes reciben un salario para este propósito. Sí nos compete la certeza de que se ha tomado el mejor curso de acción posible. Por lo que es una apuesta ciega que espero no terminemos lamentando ante las fallas que en el proceso puedan sucederse. 

Gran trabajo tienen en sus manos quienes deberán dar principio y fin a tales trabajos. Y como usuaria me gustaría saber que llegar al aeropuerto no implicará un viaje en sí mismo ni un alto presupuesto asignado como parte de los gastos de viaje, así como, que las instalaciones serán amigables, evitando los largos trayectos de caminatas. Que se garantice un precio justo de los servicios que en él se consuman ya que no por arte de magia estar en el aeropuerto multiplica nuestro dinero. Que los baños tengan implementos que contemplen dónde poner todo lo que el viajero lleva consigo y no puede dejar encargado en ninguna otra parte. Que se prevea lugares de espera con asientos suficientes. Es decir que se piense en los usuarios y no se nos exija satisfacer las necesidades y los criterios de un sistema de operación ciego a la vida y su disfrute. 

PROSPERA necesita crecer en sus miras. Si bien, es un paso, no solo con incentivos de fortalecimiento político, el cambio de nombre y el cambio en sus contenidos para incrementar el alcance de sus beneficios. Seguimos sin contar con una contraparte del mismo. Es decir, políticas públicas que den cauce al avance en los resultados de PROSPERA, acciones que ya no corresponda a tal programa llevar a cabo pero que cuya necesidad deriva del cumplimiento en su ejecución. 

La aspiración de PROSPERA debe ser llegar a desaparecer, es decir, contar con la certeza de que su población objetivo no está más en tal situación de necesidad: erradicar la pobreza extrema, el hambre y la pobreza. No debe conformarse con sustentar modos de vida menos precarios para quienes no tienen modo de vida alguno que les permita sustentar sus propios proyectos de vida, sin necesidad de recursos asignados del Estado, por vía de transferencia directa. Debe aspirar a que todos los habitantes seamos personas autónomas e independientes con reales opciones dentro de las cuales elegir cómo queremos vivir, siendo parte activa del sistema productivo y actores de consumo competitivos dentro del mercado. Por lo que la pregunta no es qué tan bueno o malo es PROSPERA, cuyos niveles de eficacia están probados y tienen límites ya previsto. La interrogante para el futuro es ¿y después de PROSPERA? ... ¿QUÉ? 

Creo que hay mucho trabajo pendiente en tal materia y que las políticas de desarrollo social no logran embonarse entre sí, ya que siguen siendo concebidas de manera aislada unas de otras. Pero refrendo mi optimismo, y este sexenio puede ser el tiempo de innovar en estos tópicos y llevar la implementación de las políticas públicas a territorios no previstos, al menos como punto de partida, para los sexenios por venir, con independencia de los colores de los cuales se pinte consecutivamente nuestra Presidencia en el futuro, bajo el consenso de que el desarrollo social necesita de acciones congruentes y sostenidas en el tiempo, independientemente de quienes ejerzan los distintos poderes de la nación.

Los días siguen pasando, y la vida se acelera sin dejar espacio para estas letras, ante la urgencia de concluir otros trabajos. Así que seré breve. El salario mínimo es de mi mayor incumbencia, sigo dándole vueltas al tema. Como les decía al principio de este escrito, el salario mínimo es una medida que pretende garantizar nuestro poder adquisitivo para que podamos formar parte de los ciclos económicos en forma virtuosa. Atajado el problema de que éste se ha tomado como medida de otros órdenes y que si se eleva el salario mínimo, esto impacta de manera negativa en tales otros órdenes. Creo que queda aún la cuestión de que debemos encontrar fuertes argumentos técnicos, económicos, sociales y éticos para llevar a cabo tal propósito. Dejando clara mi postura sobre que Mancera no tiene un interés legítimo al proponer tal acción de vanguardia, aunque su Secretaria de Trabajo sí. Ya que el Jefe de Gobierno del Distrito Federal, en turno, solo se avoca a esta misión para consolidar una candidatura presidencial, a toda costa, sin proyecto político alguno (nunca lo ha tenido, por la casualidad y las coyunturas de los acontecimientos, logró, sin mérito alguno, el honor que ahora le corresponde, su ambición es casi ofensiva). Por lo cual su visión es mediática y paleativa, en aras de un populismo mal sano, aquel que alimenta todos los fascismos.

¿Por qué necesitamos un salario mínimo que refleje en términos reales el mínimo nivel de vida que todo ser humano debe tener?  Porque nuestro sistema económico, social y financiero no ha sabido cumplir con un cometido básico: la óptima administración de los recursos con vías de la realización plena de la vida humana. Vivimos un modelo hecho de hendiduras de excesos y carencias cuyo equilibrio resulta sumamente insatisfactorio para lograr una mínima garantía de vida digna. 

El salario mínimo debe poder dar cuenta de ese monto mínimo necesario para satisfacer nuestras necesidades básicas, incluidas en ellas, la capacidad de ahorro, la viabilidad de un proyecto de vida sostenido y sustentable a lo largo del tiempo, las preferencias, el ocio, e incluso los lujos que cada quien se quiera brindar a sí mismo. Es mucho más que una canasta básica, es una posibilidad de insertarse en el sistema financiero y ser parte de un proyecto productivo rentable, que además nos permita ser felices, gracias a las herramientas que nos brinda y no al valor que depositemos en ellas. Actualmente cumple la función de subsidiar a los empleadores, ya que la ley los protege si satisfacen tal mínimo, hoy irrisorio ante el costo real de la vida, en pesos y centavos. 

En este contexto, claro que se inhiben las contrataciones, pero sólo porque el cálculo de ganancias tiene una gran perversión, se calculan ganancias irreales, mayores a la rentabilidad real. Sí, es una decepción saber que por mucho que invierta no puedo quedarme con todas las regalías sin más, sin impuestos, sin pagar el esfuerzo de los otros, gracias a los cuales me es posible ser parte de algún tipo de ganancia. Como si minimizar el costo del esfuerzo de la vida que se empeña en todo proceso productivo fuera algo que nos está permitido éticamente. ¿Por qué? ¿Por qué pensamos que las necesidades de los otros seres humanos son menores a las nuestras? ¿Por qué asumimos que nuestro proyecto de vida es más importante que el de los demás? ¿Cuál es ese parámetro bajo el cual mido mi valía por encima de la valía de quienes tienen menos que yo y deben conformarse con ello? Se trata solo de una perversa costumbre. Un mal hábito. No se trata de que todos tengamos lo mismo, ni de erradicar las virtudes de la riqueza. Se trata de jugar dentro del mercado en condiciones justas. Condición indispensable para que tenga sentido hablar de libre mercado. Las mátemáticas no cuadran, cuando a una persona le ofrecen cuatro mil pesos al mes por dedicar ocho diarias de su vida al esfuerzo de cualquier tipo de trabajo. Tal monto no alcanza para los gastos de alimentación, transporte, vivienda, salud, educación, administración de un hogar y descanso. Por muy austeros que podamos ser, la realidad nos rebasa. Y ante tales carencias e ineficiencias del mercado es que debemos poder dar una solución adecuada.  

Sobre la inflación, en cambio, la falacia es aún mayor. Mientras el monto fijado para el salario mínimo sea irreal, la supuesta estabilidad de los precios es una ficción, pues en vez de subir éstos, lo que baja es el poder adquisitivo, lo cual implica una inflación a la inversa. Los precios no están en equilibrio, ya que aún sin subir, son cada vez más caros para quienes no pueden incrementar sus ingresos ni su posibilidad de competir en el mercado de los consumidores. Por lo que hay un incremento en la inflación, de facto, sin haberse incrementado los salarios. A la vez que se sigue incrementando el costo de otros servicios y a la luz de las alzas progresivas de la gasolina. Volvemos a lo mismo, la única manera de que la estabilidad de los precios esté en equilibrio es con base en variables reales. Por otro lado, el problema de la especulación de precios rebasa la discusión sobre el salario mínimo y es la ley la que debe poner frenos y sanciones para tales prácticas, también perversas.

El problema de fondo es que le tememos a la abundancia. A la pérdida de control sobre nuestras vidas, una vez que éstas no se basen en restricciones presupuestarias. Gustamos de esclavizarnos en nuestros modos de producción, en nuestras relaciones sociales, en nuestras identidades de clase. Olvidamos cuán libres somos. Y cuán dueños somos del rumbo de los proceso económicos. Cuán creadores somos del sistema monetario. Cuántas opciones existen en nuestra libertad para dar un giro vital al entramado perverso de nuestros sistemas financieros. 

¿Qué pasaría si todos fuéramos ricos? Unos más que otros (pero solo en el margen de la ecuación). De acuerdo con nuestras preferencias y nuestro esfuerzo marginal. En proporción con la ganancia marginal de la inversión de nuestros propios recursos (humanos y económicos), en donde cada quien puede multiplicar, con base en disímiles criterios, su propia riqueza. Qué pasaría si todos pudiéramos administrar sustentablemente la rentabilidad de nuestro propio trabajo. ¿Por qué esto nos parece tan imposible? ¿Por qué confiamos tan poco en nuestra propia humanidad? ¿Por qué depositamos un valor moral en la administración de nuestros recursos de subsistencia? ¿Por qué tememos tanto crecer?



Y tú... ¿quieres ser rico?






Feliz octubre, amigas tortugas.

jueves, 4 de septiembre de 2014

unidades de un tiempo expansivo...

Escribir es el don de habitar otros tiempos y viajar a través de dimensiones paralelas, sin perderse en el vacío de los territorios de la imaginación, de ahí su esfuerzo. Es un tiempo expansivo, que puede llevar y traer pensamientos como si todo concurriese en un mismo presente, al mismo tiempo que detiene el sendero de nuestro futuro bajo un cifrado horizonte de interpretación. Las letras dan cuenta de nuestro peculiar modo ser humanos: sentir, pensar, hablar y escribir. Ser una voz que puede ser nombrada como propia. Una palabra que puede permanecer a través de un universo en el que nada permanece quieto ni por un instante.


"Las nubes 
señalan 
con sus mutaciones leves
el tiempo,
o lo detienen
ante nuestro asombro."
Alaíde Foppa (fragmento)


Las frecuencias que conforman el medio ambiente dan lugar a distintas e independientes realidades. Estos son los tiempos compartidos por todos (más allá de la "hermeneútica"), a partir de los cuales, cada experiencia que tenemos se cifra, ahora sí, bajo nuestra interpretación propia. En la unidad de tiempo que se expande gracias a nuestro actuar. Un pensamiento, una palabra, un solo gesto, conforman un acto de nuestra voluntad, e implican un tiempo cifrado desde coordenadas sincrónicas

Si pudiéramos medir tales sincronías de nuestro pensamiento, cuál sería la unidad de medida que tendríamos que ocupar. ¿Sería algo parecido al aire, al vapor, al calor, al agua? ¿sería un rayo, un trueno o un temblor? ¿Seríamos tormenta o la brisa de un cálido día de sol? ¿Cuál es la nube a través de la cual logramos observar las mutaciones leves con que nuestras experiencias van dotando de relatos nuestra historia de vida? O quizá lo que estamos buscando es una proporción temporal de medida que pueda ser observada en una escala de líquidos a sólidos. Un etéreo habitar. ¿Cuál es ese resquicio de la materia que marca la frontera entre sus componentes? Frontera similar a la fractura que denota el sitio de toda hermeneútica posible. Ese lugar en el cual habita nuestro pensamiento y se guarda el misterio de nuestro cerebro.


Y tú... ¿piensas a colores o en blanco y negro?



Un abrazo de nube queridas tortugas...

¿cómo saber si es verdad?

Como nube de tormenta llegan las dudas que albergan los caparazones de tortuga cuyas certezas se evaporan.

Cada tortuga habita, al menos, una tristeza, una gran dicha, una sonrisa, una lágrima, un amor, un odio, un agradecimiento, un rencor, un secreto, una verdad, un hábito ético, una sana costumbre, una perversión, una virtud, una creencia, una palabra propia, un sueño, una meta, una realización, un fracaso, una fantasía, una realidad, un poema, una canción, un grito, un enojo, una amistad, una desavenencia, una fobia, una gallardía, un temor, un vicio, un imposible, un recuerdo, una vergüenza, un orgullo, un acto generoso, un deseo, un gesto egoísta, un mal humor, un buen ánimo, una esperanza, una decepción, un designio, un don, un defecto, una mentira, una agresión, un abuso, una responsabilidad, un deber, una obligación, un descanso, un delirio, una duda, una certeza y un espacio de paz.

Y cuando dos tortugas enamoradas se encuentran, todo lo que era uno se vuelve dos. El inmenso infinito de combinaciones posibles hace de toda historia de amor algo único e irrepetible. Quizá de ahí que existan tantos relatos, películas, poemas, novelas que tratan de atrapar tales sincronías como un evento que podemos controlar y reiterar de acuerdo con nuestro deseo. Lo cierto es que tal deseo, el aliento amoroso, es completamente libre y aleatorio. Y sumar dos voluntades en tal esfuerzo es una tarea casi titánica, un compromiso ineludible, una entrega generosa. Por eso, la magia de esta duplicidad esconde secretos que solo cada pareja conoce en el seno más profundo de su intimidad. Y, a veces, nuestro sueño nos arroja lejos y nos niega ser capaces de ser dos.

En lugar de confianza se siembra el recelo y la duda. En vez de verdades, nos sumergimos en simulacros. Sin lograr comunicarnos, sin sentir la caricia que anhelamos, un extraño aparece ante nosotros y nos cuesta distinguir quién es la persona con quien no logramos congeniar. Ese desconocido que evade nuestra mirada, oculta secretos y esconde la vida que vive a pleno sol de día y ante los ojos de todos las miradas. Esa persona que nunca nos invita a su casa y que siempre que nos visita nos recuerda que no somos parte de su vida. Un sueño itinerante. Una fantasía no correspondida. Un fantasma. El tenue suspiro de una amistad entre líneas y llena de restricciones. Una puerta cerrada. Un mundo que jamás podremos explorar. Una vida otra que nos quita todo lo que somos y nunca vuelve cuando lo estamos esperando. El inmenso vacío de alguien que pasa por nuestra vida como si no existiéramos o como si lo que somos no tuviese valor alguno. Un nombre sin rostro, un rostro sin historia. Un espacio en el cual no hay nada que cosechar, que no nos da tiempo para sembrar. Una entrega a medias, sin compromiso. El amor no puede habitar tales lugares precarios y lejanos. El amor necesita dos voluntades. Dos espacios vitales que se abren por completo a la posibilidad de ser un corazón compuesto por dos almas de tortuga.

Si esa persona que amas... siempre está lejos, quizá sea porque ella no te ama a ti. 


Y tú... ¿cómo sabes si tu sueño de amor es correspondido?



FELIZ SEPTIEMBRE


lunes, 21 de julio de 2014

soñar y construir...

La esperanza tiene la cualidad de alimentarse de sueños... planes, fantasías, proyectos: del don de la idealidad.

De otra forma, nada puede sostener el aliento de llegar a la meta que nuestro plan de ruta ha trazado, cualquiera que sea ésta. Muchas veces se piensa que lo que nos alienta de ocuparnos en la realización de tales planes es el estar ocupado en el presente. Tener una rutina, establecernos límites, un horario fijo, la disciplina en sí, como la panacea del bienestar o el elíxir del logro vital cotidiano. En este paradigma radica la noción preciada del éxito: el logro que nace del esfuerzo de ponerse metas a uno mismo, junto con la consecución de los fines inmediatos de cada día que sumarán el objetivo trazado.

Ahora, esto es relativo. A medida que crecemos y maduramos, descubrimos que tal rutina puede ser tan diversa como las propias circunstancias del tiempo nos lo impongan. El estar ocupado puede vivirse de muchas maneras. La disciplina también. Lo que en realidad permanece es la perseverancia de nuestros días que, inevitablemente, tendrán la consecución de algún tipo de patrón que nos permita sujetarnos en el cotidiano vital. De este modo, tal estar ocupado no es suficiente para sostener nuestra esperanza.

El valor del sueño en sí mismo y la sola posibilidad de su realización son una contención más poderosa para dar sentido y orientación a nuestra existencia. El ideal bajo el cual diseñamos nuestros modos de vida, nuestros valores, acompañados de la posibilidad de visualizar de más de una forma posible todo aquello que queremos construir, es el sino propio de la esperanza. Esta es la razón del bienestar de tales rutinas, no el simple hecho de autodomesticarnos para no perdernos en la aleatoriedad de las temporalidades. Más bien, la posibilidad de alimentar el presente de un futuro abierto que se nos aparece como el lienzo mágico de todo lo que dota de motivos nuestro presente. 

Se privilegia el dotarnos de estructura para tener coordenadas acequibles con las cuales estar y movernos en el mundo, como si pudiéramos escapar a las certezas del presente que por sí mismas permanecen. Sin tomar en cuenta que el pasar de las horas de contemplación, durante el cual imaginamos cómo será la obra que construimos bajo el sello de nuestra identidad, cualquiera que sea ésta, es una actividad en sí misma; e implica la misma disciplina que cualquier actividad que forme parte de nuestra vida. Descuidar tales labores es igual que descuidar el aseo doméstico y descubrir un día que los rincones de nuestro hogar están empolvados. Conforme pasa el tiempo, cada vez es más difícil empezar a limpiar a fondo tales rincones. Así, conforme dejamos pasar los días sin dibujar el lienzo de nuestro futuro, cada vez es más difícil visualizar el sendero de nuestra esperanza. Y por ende, perdemos la capacidad de soñar.

Se confunde el hecho de que sea difícil volver realidad aquello que delineamos en nuestro horizonte mental; con base en que el solo idealizar y verbalizar consume toda nuestra energía y nos distrae del actuar y del llevar a cabo el hábito necesario para construir; con el hecho de que mantenernos ocupados es suficiente para darle sentido y valor a nuestra vitalidad. Por el contrario, enajenarnos en nuestro hacer cotidiano es una forma de olvido de nosotros mismos y no, porque el consenso sea mayoritario, somos mejores por apegarnos a nuestra actividad. Pues sin horizonte, tal actividad pierde todo sentido. De ahí que la falta de proyección de futuro, a la que nos condena nuestro imaginario económico en aras de una precaria modernidad, sea un desamparo que solo anida depresión, neurosis, fobias, angustias, desencanto, frustración, violencias... 


Y tú... ¿te ocupas en tus sueños o idealizas el mantenerte ocupado?



Feliz inicio de semana queridas tortugas.